Iglesia de San Carlos Tamps.

Raúl Sinencio Chávez

Los mandatarios de Tamaulipas dan con frecuencia de qué hablar. En larga espiral, comienzan temprano. Existen casos que se remontan a Nuevo Santander, predecesor de la entidad federativa más extrema del noreste mexicano. Desempolvándolos, tales antecedentes bosquejan tremendo cuadro.

INMUEBLE

Hasta San Carlos nos conduce este repaso. Capital del enclave novosantanderino surgido en las medianías dieciochescas, casi 2 mil almas congrega la villa. Despunta ahí la primavera de 1804 y el tranquilo vecindario de pronto se estremece. Atrae miradas el recinto en que habita y atiende la máxima autoridad del rumbo.

Impactante noticia corre de boca a oreja. Cada devota se persigna con alarma. En forma inevitable los ancianos quizás se acuerden del fundador y primer gobernante de Nuevo Santander, José de Escandón y Helguera. El también conde de Sierra Gorda acumula tanto poder omnímodo, que bajo graves cargos termina sometido a juicio y en 1767 pierde la investidura. Concentrado en la Ciudad de México, allá muere después, lejos del pretérito feudo. Genera así precursores recuerdos de controversia.

Sucesor propietario, Vicente González de Santianés a la postre hace tabla rasa. Y de la villa de Santander –residencia de Escandón—cambia a San Carlos el asiento capitalino del polígono norteño. Para las altas funciones administrativas, se erige sólido inmueble frente al costado izquierdo de la plaza sancarlina. Con dos plantas, balcones superiores y amplio portón, ocupa gran tramo de la cuadra. Flanqueándolo, están “los cuarteles de” las “tropas […] muy bien construidos”, narra Jean Louis Berlandier.

CHARCOS

Sin nadie imaginar borrascas adelante, en 1802 asume la gubernatura septentrional Francisco Ixart, teniente coronel. Según protocolos en boga, recibe nombramiento del mismísimo Carlos IV. Recién venido de España, desconoce las complejidades del área. Peor todavía: la formación castrense lo hace proclive al despotismo.

Pronto refleja algo de ello. Porque transcurridos sólo dos años, contra él interpone formal queja el teniente de milicias José Esteban de la Serna. Aduce injusticias al imponérsele castigos disciplinarios. Revisada la causa, decreta el virrey José de Iturrigaray liberar al ofendido y reivindicarlo en las filas milicianas. Parece que por sentarse precedentes sin parangón, el veredicto deprime a don Francisco.

       De cualquier modo, frescos los hechos referidos, el teniente coronel amanece muerto al interior del palacio gubernamental. Lo descubren el miércoles 18 de abril de 1804, en la recámara que ocupa el ángulo sureste del nivel bajo. Impresiona verlo. El pecho tiene clavado filoso cuchillo, tendido Ixart sobre el piso, en medio de enormes charcos de sangre.

San Carlos detalle

IMPERICIA

Cree posible el comandante regional Félix María Calleja que subalternos inconformes ejecutaran por venganza el crimen. Ante sospechas de magnicidio, abre pesquisas inmediatas Pedro de Alba, teniente y sustituto interino. Diligencias e interrogatorios duran meses enteros.

Todo consta en gruesas carpetas. Las pruebas esclarecen que puertas y ventanas estaban cerradas por dentro. Imposible resulta el ingreso de extraños a los exclusivos aposentos. Sin ninguna duda puede determinarse que el propio funcionario se arranca la vida, tal vez molesto con mecanismos de vigilancia y contrapesos. Merece cristiana sepultura, que hubieran prohibido a otro suicida, falto de relevancia.

       Miguel Ramos Arizpe, previo huésped novosantanderino, rememora los acontecimientos. Diputado a las cortes de Cádiz, dice el 7 de noviembre de 1811: sostuvo “Ixart […] que no debía vivir un hombre que, siendo gobernador de una provincia, no sabía las leyes por donde la había de gobernar”. Descarta el occiso, en resumidas cuentas, la simple medida de aprender y someterse al orden normativo. Entre más creído de sí mismo, el poder transita con mayor impericia por rutas de escándalo, próximas en ocasiones a la tragedia.

José de Iturrigaray

Arriba: Parroquia de San Carlos, Tamaulipas.

En medio: Villa de San Carlos, detalle, hacia 1802.

Abajo: José de Iturrigaray.

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