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Raúl Sinencio Chávez

I. Como en casa

Próximo el verano tamaulipeco de 1956, poco a poco frena el automóvil. Orillándose, abandona la carpeta asfáltica. Metros adelante se estaciona. Por el lado del conductor desciende Fidel Alejandro Castro Ruz. Impidiéndole el avance, a corta distancia acomoda su motocicleta Armando Ayech Villegas, agente de Tránsito. “El Mante”, indican los rótulos metálicos a las afueras del lugar.

ESPEJO

Ante el golpe de Estado con que Fulgencio Batista se hace del poder, en Santiago de Cuba el 26 de julio de 1953 Fidel comanda el asalto fallido al cuartel Moncada. Acumula veintidós meses de cárcel. Batista lo amnistía y arriba el 8 de julio de 1955 a la Ciudad de México, donde se establece.

Castro reúne a pequeño grupo de seguidores, del que asume el liderazgo. Tiene la firme idea de repatriarse y liberar del régimen despótico a la isla. Metido en los detalles, visita EUA, recaba financiamientos y contacta a migrantes adeptos. “Inicialmente pensábamos recaudar el dinero [indispensable] con la colaboración de” los mexicanos, “pero no pudimos reunir ni todo el dinero ni todos los hombres que necesitábamos”, expresa a la postre. Sagaz, intuitivo, en México obtiene respaldos inopinados. Así iba a traslucirse.

Por lo pronto transcurre junio de 1956. En vehículo de reciente modelo, Fidel cruza Tamaulipas. Luce contento. Los planes avanzan en lo posible. Alquila el rancho Santa Rosa, de Ayotzingo, volviéndolo en abril encubierto campo de instrucción militar. Con el brazo izquierdo sobre la ventanilla abierta, confiado en las perspectivas, brusco cambio de semblante le produce advertir por medio del espejo retrovisor al elemento de vialidad que va detrás, marcándole el alto.

SOSPECHAS

Era un día cualquiera. Ninguna orden extraordinaria imparte esa mañana Raúl Garza Ramón, inspector de Tránsito. Hizo con desgano el relevo de guardia y dijo las cosas de costumbre. El personal adscrito rompió filas, yéndose a cubrir rutinaria jornada de vigilancia.

Ayech Villegas atiende concurrido sector de El Mante. Séptimo municipio de Tamaulipas en la escala demográfica, concentra 41 mil 688 habitantes. Entonces paso obligado para dirigirse a tierras potosinas o Tampico, e incluso a la capital del país, lo atraviesan, reunidas, dos importantes carreteras. Una parte de Nuevo Laredo, frente a la Unión Americana. La otra viene de Reynosa y Matamoros, colindantes también con la potencia gringa.

El carro del adalid caribeño avanza, sin notársele características que levanten sospechas. En medio de intenso tráfico vehicular, toma el tramo al puerto de Tampico. Por la trayectoria, cabe inferir que procede de la frontera norte. Aburrido quizás, el motociclista resuelve darle alcance y pedirle al chofer que pare.

AUXILIO

En plena zona rural, Castro obedece. Sintiéndose en casa, baja, cierra la portezuela y respira hondo. Los alrededores le recuerdan al terruño. Abundan tupidos cañaverales, colmándolos la chimenea del ingenio azucarero que distingue a la urbe mantense.

Corriéndole las debidas cortesías, Ayech Villegas lo saluda. Fidel exhibe documentos suyos y del coche. Bromea a ratos, sintiéndose confiado. Todo parece en regla. Por último, Armando revisa la unidad motriz y sorprendido descubre un cargamento de armas. El caso amerita detener al cubano in fraganti y presentarlo ante el Ministerio Público.

Castro mantiene la calma. Echa mano de la pericia con que ha sorteado difíciles escollos a través de los años. Persuasivo, resume el movimiento que encabeza y exalta la pertinencia de brindarle auxilio, de permitirle continuar. El motociclista queda pensativo. “Me di cuenta de las injusticias que se estaban cometiendo en Cuba, y simpaticé con los revolucionarios”, manifiesta después. Ayech Villegas lo deja ir. Pero aquel incidente tendría mayores consecuencias.

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Arriba: Fidel Castro luego de triunfar la Revolución Cubana.
Abajo: El Mante, Tamps., ingenio azucarero.

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